CAPITULO II
El negro corrió hacia el y abrazándose de sus pies le dijo estridentemente:
-Ella no existe hermano... ¿Quién soy yo? ¿QUIEN RAYOS SOY YO?
El joven, impasible, le respondió:
-Me importa un bledo, deja de molestar...
Acto seguido, tomó las palabras que el otro sujeto había escrito días antes, y se marchó del mísero edificio vacío, en el que solo había cenizas, un pequeño escritorio, y un colchón bastante dañado.
CAPITULO III
Un joven estaba sentado en un salón de clases vacío, aparentemente pensando, siempre que se encontraba solo lo hacía, y desdeñaba al mundo desde su asiento. Recargando su cabeza en el respaldo de la silla, miraba con enojo al mundo através de su imaginación, juzgando como si él mismo fuera el creador. Era un cretino. Era un egocéntrico. Era soberbio, y sin embargo, no tenía la genialidad suficiente como para ser todas estas cosas y ser querido a la vez. Pero su ego era grande, y no le importaba.
En ese momento notó que la puerta llevaba un buen rato sin moverse, en ese momento no le dió importancia, porque ya había notado que la puerta nunca se movía, no la de ese salón.
Paso un rato hasta que notó la relevancia de este suceso dentro de su mente... ¿Porqué? Porque nuestro personaje nunca se fijaba en esos detalles, pues decía que eran demasiado insignificantes, pero esta vez, y al parecer desde hacía tiempo, lo había notado.
CAPITULO IV
Fue muy molesto, estaba absorto en su sueño, y ese molesto ruido, ese maldito "BEEP BEEP" de su reloj realmente lo sacaba de quicio.
Más tarde se vió al espejo, tenía ojeras, el reloj estaba descompuesto, y cada día sonaba demasiado temprano, y el sonido retumbaba en sus oidos, por lo menos durante un par de horas.
Era la gota que derramaba el vaso, ya que después de despertar, no lograba volver a conciliar el sueño, y llevaba siete años durmiendo 3 horas al día, que aunque no era nada que un trabajador con salario mínimo no soportara, él de hecho no podía.
Se preguntarán porqué a esas alturas el reloj seguía en su buró y no estaba en la basura, bueno... es lo que llamo... valor sentimental. Se lo había dado una mujer, y no, no la amó, no era su madre, tampoco su hermana, vamos, ni siquiera una amiga. Era una mujer pobre, a cuya hija él compró un helado(clásico).
FLAAAAAAASHBAAAAAAACK(clásico)
-Señor, ¿me compra un helado?- Dijo la pequeña cuando él llego al puesto de helados.
Él vaciló, y tuvo una idea que solo alguien con una mente como la suya (tal vez tú, mi apreciado lector) concebiría. Mientras compraba el helado para la chiquilla, se le acercó una mujer moribunda y le agradeció por ello, dándole un reloj.
Él tomó el reloj, pagó el helado, lo tiró al suelo, se burló de la niña y se fue.
Despues de este gradable recuerdo, llevó a arreglar el reloj.
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Verán que estos capítulos no tienen nada que ver uno con otro, pero son una especie de cuentos cortos que se pueden unir una vez contados todos. Sé que pueden no tener mucho sentido, pero usen su imaginación, y algo identificarán.
El negro corrió hacia el y abrazándose de sus pies le dijo estridentemente:
-Ella no existe hermano... ¿Quién soy yo? ¿QUIEN RAYOS SOY YO?

El joven, impasible, le respondió:
-Me importa un bledo, deja de molestar...
Acto seguido, tomó las palabras que el otro sujeto había escrito días antes, y se marchó del mísero edificio vacío, en el que solo había cenizas, un pequeño escritorio, y un colchón bastante dañado.
CAPITULO III
Un joven estaba sentado en un salón de clases vacío, aparentemente pensando, siempre que se encontraba solo lo hacía, y desdeñaba al mundo desde su asiento. Recargando su cabeza en el respaldo de la silla, miraba con enojo al mundo através de su imaginación, juzgando como si él mismo fuera el creador. Era un cretino. Era un egocéntrico. Era soberbio, y sin embargo, no tenía la genialidad suficiente como para ser todas estas cosas y ser querido a la vez. Pero su ego era grande, y no le importaba.
En ese momento notó que la puerta llevaba un buen rato sin moverse, en ese momento no le dió importancia, porque ya había notado que la puerta nunca se movía, no la de ese salón.
Paso un rato hasta que notó la relevancia de este suceso dentro de su mente... ¿Porqué? Porque nuestro personaje nunca se fijaba en esos detalles, pues decía que eran demasiado insignificantes, pero esta vez, y al parecer desde hacía tiempo, lo había notado.
CAPITULO IV
Fue muy molesto, estaba absorto en su sueño, y ese molesto ruido, ese maldito "BEEP BEEP" de su reloj realmente lo sacaba de quicio.
Más tarde se vió al espejo, tenía ojeras, el reloj estaba descompuesto, y cada día sonaba demasiado temprano, y el sonido retumbaba en sus oidos, por lo menos durante un par de horas.
Era la gota que derramaba el vaso, ya que después de despertar, no lograba volver a conciliar el sueño, y llevaba siete años durmiendo 3 horas al día, que aunque no era nada que un trabajador con salario mínimo no soportara, él de hecho no podía.
Se preguntarán porqué a esas alturas el reloj seguía en su buró y no estaba en la basura, bueno... es lo que llamo... valor sentimental. Se lo había dado una mujer, y no, no la amó, no era su madre, tampoco su hermana, vamos, ni siquiera una amiga. Era una mujer pobre, a cuya hija él compró un helado(clásico).
FLAAAAAAASHBAAAAAAACK(clásico)
-Señor, ¿me compra un helado?- Dijo la pequeña cuando él llego al puesto de helados.
Él vaciló, y tuvo una idea que solo alguien con una mente como la suya (tal vez tú, mi apreciado lector) concebiría. Mientras compraba el helado para la chiquilla, se le acercó una mujer moribunda y le agradeció por ello, dándole un reloj.
Él tomó el reloj, pagó el helado, lo tiró al suelo, se burló de la niña y se fue.
Despues de este gradable recuerdo, llevó a arreglar el reloj.
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Verán que estos capítulos no tienen nada que ver uno con otro, pero son una especie de cuentos cortos que se pueden unir una vez contados todos. Sé que pueden no tener mucho sentido, pero usen su imaginación, y algo identificarán.