Caminando por aquel callejón oscuro se dio cuenta de que
alguien lo observaba. Apretó el paso y no quiso voltear atrás. Quien quiera que
fuera el que lo seguía, estaba seguro de
que no quería averiguarlo. Pero al parecer no funcionaba. Comenzó a sentir el
aliento de su perseguidor en la nuca, sus zapatos sobre sus talones, escuchaba
sus pasos como si fueran los de él mismo. Empezó a correr, pero pronto sintió
el trozo de metal hundirse en su carne, y el líquido tibio salir del sitio
donde se había encajado el frío y brillante instrumento ahora cubierto de rojo,
un rojo profundo, oscuro y peculiar. Lo sintió de nuevo penetrar la carne, una
y otra vez. Pudo entonces apreciar al cazador, al asesino. Pero solo logró
distinguir sus ojos, no se podía apreciar el color, pero esa mirada nunca la
iba a olvidar. Una mirada que se introducía hasta lo más profundo de su
inconsciente. Una mirada que producía un horror tan extremo que le hacía
olvidar el dolor de cada una de las puñaladas. De pronto la mirada cesó, y su
atacante se ocultó entre las sombras del callejón. Entonces recordó el dolor,
pero había perdido tanto de su fluido vital, que su lucidez le duró poco, y
unos momentos después todo se fue apagando. Se hundía en el sueño eterno poco a
poco.
Comenzó a percibir una sensación tibia sobre su mano. Uno,
dos, tres, cuatro, cinco dedos entrelazados con los suyos. Una voz familiar
farfullaba sonidos sin sentido. Una luz muy intensa se percibía a través de sus
párpados. Intentó abrir los ojos. Primero un poco. Todo era blanco al
principio. Podía sentir como sus pupilas se contraían intentando contrarrestar
esa luz tan intensa. Su entorno comenzó a tomar forma. Notó que se encontraba
acostado, y arriba se podía ver una lámpara de luz blanca. Mirando a la derecha
reconoció la mano y el cuerpo unido a la misma. La dueña de esa mano y ese
cuerpo estaba dormida, con los dedos de su mano derecha entrelazados con los de
él.
Intentó articular su nombre, pero solo pudo emitir un
murmullo que asemejaba más un ronquido desagradable. Lo intentó de nuevo, con
el mismo resultado. Entonces apretó la mano que lo sujetaba. Ella reaccionó de
inmediato, sobresaltándose y abriendo los ojos. Ojos que se talló usando su
mano libre. Al voltear a mirarle el rostro, notó que había despertado y se
dibujó una sonrisa acompañada de lágrimas en su semblante. Le besó la frente y
la llenó de lágrimas.
-Serge… Pensé que te había perdido - Su voz era quebradiza -
Esto es un milagro.
-Ha… Han… na – Farfulló él, con una voz que parecía un
susurro entrecortado
-Sí, soy yo cariño, aquí estoy.
El médico no tardó en entrar. Al verlo despierto pidió
hablar con Hanna. Pudo deducir que le indicaba el proceso a seguir y el tiempo
a esperar para que lo dejaran salir. Ella volvió a su lado.
-Al parecer volverás a casa pronto mi amor, solo tienen que
hacerte un par de exámenes más, para verificar tu estado. Y parece que tengo
que irme, le toca a Herman cuidarte, llevo tres días aquí y me alegro muchísimo
de haber sido yo quien presenció tu regreso. Te amo.
Acto seguido le besó la frente y salió de la sala. No tardó
en aparecer Herman. Su pequeño y robusto cuerpo era inconfundible, además de su
peculiar forma de caminar, tan seguro de si mismo. Reaccionó de la misma manera
que Hanna.
-¡Hermanito! No me lo podía creer cuando Hanna me lo dijo…
pero ahí estás, despierto, vivito y coleando.
-H… Her…man...
-No te esfuerces demasiado Serge, guarda energías, las
necesitas para reponerte. El doctor dice que podrás volver a casa en un par de
semanas si todo sale bien.
“Si todo sale bien” pensó Serge. ¿A qué se referirían?
Empezó a desesperarse un poco. Le costaba trabajo hablar, y no podía moverse
mucho. Parecía que el resto de su cuerpo no le respondía. Estaba intentando
conciliar el sueño, cuando se le ocurrió abrir de nuevo los ojos. Habían
apagado todas las luces. Y lo recordó. Esa mirada. Esa mirada… ESA MIRADA… Era
como si estuviera de nuevo sobre él. Quería moverse con todas sus fuerzas,
quería huír… Y logró caerse de la cama. Herman despertó sobresaltado.
-¡Una enfermera! – Gritó Herman – ¡Alguien! ¡Mi hermano
acaba de caerse de su camilla!
De inmediato entraron dos enfermeras, encendieron la luz y
lo levantaron al parecer con poco esfuerzo. Se dio cuenta de que sus brazos y
piernas ahora eran huesos cubiertos por una delgada capa de músculo y piel. Y
de que su piel ahora era como un lienzo rasgado. Las consecuencias de lo que
había sufrido aquella noche. Apenas en ese momento se percató de lo horrendo
que había sido, y de lo terriblemente malo que podría ser si no “todo salía bien”.
Tardó una semana en volver a moverse por sí mismo. Y todas
las noches lo atormentaba su imaginación mostrándole esos ojos cuando apagaban
la luz. Cada noche soñaba que en la entrada de su habitación se introducía el
hombre de la mirada endemoniada y lo apuñalaba de nuevo. Según lo que escuchaba
de los médicos y de los familiares que se turnaban para cuidarlo, el hecho de
estar vivo era un milagro, lo cual lo alegraba un poco. Pero al parecer su vida
nunca iba a volver a ser la misma.
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